—Usted no debería estar aquí.
Alejandro pensó que lo decía por la colonia, por la pobreza, por la incomodidad. Pero cuando ella abrió un cajón y sacó una carpeta doblada, vieja, llena de manchas de humedad, entendió que era otra cosa. La dejó sobre la cama sin soltar al bebé. En la portada había un nombre escrito con tinta corrida: Diego Ramírez.
—Mi esposo trabajaba en una obra de su empresa —dijo Carmen—. No directamente con usted, eso dijeron. Siempre dicen eso. Que el dueño no sabe. Que el dueño no firma. Que el dueño no ve.
Alejandro sintió que el aire del cuarto se hacía más espeso.
—¿Qué obra?
Carmen lo miró por primera vez con algo distinto al miedo. Había cansancio en sus ojos, pero también una rabia vieja, guardada por necesidad.
—La torre de Santa Fe. La que inauguraron con fotos, discursos y champaña. Diego cayó del piso doce porque los arneses estaban vencidos. A mí me dijeron que él no traía equipo porque era irresponsable. Que no habría indemnización. Que si insistía, podían acusarlo de negligencia y manchar su nombre.
Alejandro no respondió. No porque no quisiera. Porque de pronto varias palabras se le atoraron juntas: imposible, no sabía, necesito revisar, eso no puede ser. Todas sonaban igual de inútiles.
Carmen bajó la mirada hacia Mateo.
—Yo fui a sus oficinas embarazada. Pedí hablar con alguien. Me dejaron cuatro horas esperando en recepción. Luego un abogado me dijo que aceptara diez mil pesos y firmara silencio. No firmé. Después dejaron de contestarme.
Alejandro recordó vagamente un correo, meses atrás, sobre un “incidente laboral cerrado”. Lo había reenviado a jurídico sin leer completo. Tenía una junta en Nueva York. Una cena. Un vuelo. Una vida demasiado ocupada para mirar la muerte de un hombre cuyo hijo ahora tomaba leche como si llevara días peleando por cada gota.
Se sentó en la única silla del cuarto. No como jefe. Como alguien que acababa de descubrir que su comodidad estaba construida sobre un expediente enterrado.
—Carmen… yo no sabía.
Ella soltó una risa baja, sin alegría.
—Eso es lo que más miedo me da, señor. Que ustedes puedan destruir una vida sin siquiera enterarse.
Alejandro agachó la cabeza. Esa frase no lo insultó. Lo acomodó en su lugar.
Abajo sonó un claxon. Después pasos en la escalera. Carmen se tensó de inmediato. Guardó la carpeta contra su pecho y susurró que tenía que irse, que si el licenciado Ortíz lo había seguido, todo iba a empeorar. Alejandro levantó la vista.
—¿Ortíz? ¿Mi abogado?
Antes de que Carmen pudiera contestar, alguien golpeó la puerta.
No fue un golpe de visita.
Fue un golpe de advertencia.
Y una voz conocida, fría, perfectamente educada, habló desde el pasillo:
—Señor Montes, aléjese de esa mujer. Hay cosas que usted todavía no entiende de este caso.
Alejandro miró a Carmen, luego a Mateo, luego la carpeta apretada entre sus manos.
Y por primera vez en su vida, entendió que el peligro no estaba afuera de su empresa.
Estaba sentado en su propia oficina desde hacía años.
¿Qué pasó después…?
PARTE 3:
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