La mirada que se encontró con la mía no estaba llena de la calidez que había anhelado durante cinco meses de duelo. Era fría, calculadora y penetrante, cargada de pánico. Por una fracción de segundo, el hombre que llevaba el rostro de mi esposo me miró como si fuera un fantasma, antes de que su expresión se endureciera hasta convertirse en una máscara sombría. No huyó. Simplemente entró en el oscuro pasillo y dejó la pesada puerta de madera entreabierta, una invitación tácita que me heló la sangre.
Me temblaban tanto las manos que apenas podía abrir la puerta. La furia helada que bullía en mi interior superó el terror que me atormentaba.
Entré en un patio húmedo y poco iluminado que olía a piedra vieja y a tuberías con fugas. Al fondo, él me esperaba, con las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta que nunca antes había visto.
—No debiste haberme seguido, Elena —dijo. Su voz era idéntica, incluso el ligero tono ronco, pero la entonación era completamente errónea. Carecía de la ternura con la que solía hablar.
—¿Quién eres? —pregunté con la voz quebrada, mientras las lágrimas finalmente rompían mi estado de shock—. Mi esposo murió en el Hospital General. Le tomé la mano. ¡Lo enterré! ¿Quién eres tú?
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