Todos pasaron de largo cuando un multimillonario cayó agonizando en plena Alameda

 

Alejandro Santillán despertó esa misma tarde en el Hospital San Gabriel, conectado a cables, con el pecho ardiendo y una voz médica diciéndole que había sufrido un infarto grave.

—Está vivo porque pidieron ayuda a tiempo —le explicó el cardiólogo.

Alejandro movió los labios con dificultad.

—Las niñas…

Clara, su secretaria, se acercó a la cama.

—¿Las recuerda?

—Me salvaron.

Clara dudó antes de mostrarle la tablet.

—Señor, hay un problema.

Alejandro vio el video.

Vio a Sofía metiendo la mano en su saco. Vio a Mariana con el celular roto. Leyó los comentarios.

“Raterillas.”

“Así empiezan los delincuentes.”

“Seguro lo vieron rico y quisieron aprovecharse.”

Su rostro se endureció.

—Publiquen un comunicado ahora mismo.

—Los doctores quieren que descanse.

—Dije ahora.

A las 5:30 de la tarde, la empresa de Alejandro publicó:

“Las 2 niñas del video no robaron al señor Alejandro Santillán. Le salvaron la vida. Cualquier acusación contra ellas será perseguida legalmente.”

Pero Alejandro no se conformó.

—Encuéntralas —ordenó a Clara—. Sin prensa. Sin cámaras. Sin convertirlas en espectáculo.

La respuesta llegó por la persona menos esperada.

La enfermera Lupita entró a revisar sus signos vitales y se quedó viendo la imagen pausada en la tablet.

Alejandro la notó.

—Usted las conoce.

Lupita se puso seria.

—Conozco a muchas niñas que pasan por aquí.

—No quiero usarlas. Quiero saber si están bien.

La enfermera lo miró largo rato, como si decidiera si podía confiar en un hombre con tanto dinero.

—Se llaman Sofía y Mariana Ramírez. Su mamá está en el cuarto 417. La atropellaron hace 19 días. No tienen familia, solo una vecina que las cuida cuando puede.

Alejandro intentó levantarse.

—Lléveme con ellas.

—Usted acaba de tener un infarto.

—Entonces consiga una silla de ruedas.

15 minutos después, contra todas las recomendaciones médicas, Alejandro fue llevado hasta el cuarto 417.

La puerta estaba entreabierta.

Sofía peinaba el cabello de su madre con un peine de plástico. Mariana colocaba una flor de papel amarillo sobre la almohada.

—Es para que despiertes con sol —le decía.

Alejandro tocó la puerta.

Las niñas giraron.

Mariana abrió mucho los ojos.

—Es el señor del parque.

Sofía se bajó de la silla y lo miró con desconfianza.

—Está vivo.

—Gracias a ustedes —dijo Alejandro.

Mariana se acercó.

—¿Usted es rico?

Clara se atragantó con el aire.

Sofía le dio un codazo a su hermana.

—Eso no se pregunta.

—Pero sí es —murmuró Mariana.

Alejandro casi sonrió.

—Sí. Tengo dinero.

Mariana señaló a su madre.

—Entonces, ¿puede comprar medicina para despertar?

 

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