PARTE 1
—Tu exesposa no está descansando, Diego… se está muriendo sola en un pasillo del hospital.
La frase no se la dijo un doctor, ni un familiar, ni alguien que quisiera herirlo. Se la dijo su propia conciencia cuando la vio sentada al fondo del corredor de Hematología, con una bata azul deslavada, una cobija sobre los hombros y la mirada perdida en el piso brillante del Hospital General de la Ciudad de México.
Diego Ramírez se quedó inmóvil.
Habían pasado apenas 2 meses desde el divorcio.
2 meses desde que él firmó los papeles con una frialdad que entonces llamó “madurez”.
2 meses desde que Mariana salió del departamento de la Narvarte con 2 maletas, una carpeta médica que él nunca preguntó qué contenía, y un silencio que le pareció resignación.
Ahora entendía que no era resignación.
Era cansancio.
Mariana no parecía la misma mujer con la que había dormido 5 años. Su cabello largo, el que antes le caía hasta media espalda, ya no estaba. Lo tenía muy corto, irregular, como si alguien lo hubiera cortado con prisa o con tristeza. Sus mejillas estaban hundidas. Tenía manchas moradas en los brazos y una vía conectada a una bolsa transparente.
Diego había ido al hospital a visitar a su mejor amigo, Carlos, operado de emergencia por una apendicitis. Iba con una bolsa de pan dulce y café, pensando en cualquier cosa menos en su exesposa.
Pero al verla, todo dentro de él se detuvo.
—Mariana —dijo con voz rota.
Ella levantó la mirada.
Por un segundo, sus ojos mostraron sorpresa. Luego vergüenza. Después, una calma terrible.
—Diego.
Él se acercó despacio, como si temiera que ella desapareciera.
—¿Qué haces aquí? ¿Qué te pasó?
Mariana apartó la vista.
—Nada. Solo unos estudios.
Diego miró la bata, la vía, el brazalete del hospital, el cuerpo frágil que parecía sostenerse por pura costumbre.
—No me mientas.
Ella sonrió apenas.
—Ya no tienes derecho a pedirme verdades.
La frase le pegó más fuerte que una cachetada.
Durante los últimos años de matrimonio, Diego se había convencido de que Mariana se había vuelto fría. Callada. Distante. Después de 2 pérdidas de embarazo, ella dejó de reír igual. Dejaba la comida a medias. Se dormía en el sillón. Algunas mañanas se quedaba parada frente a la ventana, con una mano en el vientre, como si siguiera esperando una vida que ya no estaba.
Él también se rompió, pero de otra forma.
Se refugió en la oficina. En juntas. En tráfico. En pretextos.
Su madre, doña Rebeca, le repetía:
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