Pero sí suficiente para abrir una investigación.
Rodrigo Cárdenas se presentó en el hospital 2 días después, con flores caras y una sonrisa de condolencia.
—Alejandro, hermano, nos diste un susto enorme —dijo.
Alejandro estaba sentado junto a la ventana, pálido, con una bata de hospital, pero con la mirada más fría que nunca.
—No soy tu hermano.
Rodrigo fingió no escuchar.
—La junta está preocupada. Después de tu infarto, necesitamos hablar de un control temporal de la empresa. Solo mientras te recuperas.
—Qué oportuno.
Rodrigo bajó la voz.
—Casi mueres tirado en un parque. Eso genera dudas sobre tu capacidad de decisión.
Alejandro lo observó en silencio.
—Tienes razón. He tomado pésimas decisiones.
Rodrigo sonrió apenas.
—Me alegra que lo entiendas.
—La peor fue dejar la fundación de Elisa en tus manos.
La sonrisa desapareció.
—No mezcles el duelo con la administración.
—No vuelvas a mencionar a mi esposa.
Rodrigo dejó las flores sobre la mesa.
—Ten cuidado, Alejandro. Estás débil. Y los hombres débiles suelen ver fantasmas.
—No vi fantasmas. Vi facturas. Vi correos borrados. Vi el nombre de Valeria Ramírez.
El rostro de Rodrigo cambió apenas, pero lo suficiente.
Alejandro lo notó.
—Sus hijas me salvaron la vida.
Rodrigo se quedó quieto.
—Qué coincidencia tan curiosa —dijo al fin.
—Sí. Muy curiosa.
Rodrigo se inclinó hacia él.
—No conviertas una emoción de hospital en una guerra que no puedes ganar.
Alejandro presionó el botón de llamada.
Clara entró con 2 guardias.
—El señor Cárdenas se va —ordenó Alejandro.
Antes de salir, Rodrigo sonrió con veneno.
—Te vas a arrepentir.
Esa misma noche, un hombre con uniforme de mantenimiento intentó entrar al cuarto 417.
Eran las 2:16 de la madrugada.
Llevaba una caja de herramientas y una identificación falsa del hospital. La seguridad privada que Alejandro había colocado afuera de la habitación lo detuvo antes de tocar la puerta.
Dentro de la caja encontraron una jeringa, guantes y una orden falsa de traslado.
Cuando Lupita se enteró, se persignó.
Sofía escuchó parte de la conversación y corrió hacia Alejandro.
—¿Venía por mi mamá?
Alejandro quiso mentir.
Pero esas niñas ya habían visto demasiadas mentiras.
—Creo que tu mamá sabe algo que alguien quiere esconder.
Mariana empezó a llorar.
—¿Por eso no despertaba?
Alejandro se agachó con dificultad.
—Por eso la lastimaron. Pero ya no están solas.
Sofía estiró la mano.
—Prométalo.
Alejandro la tomó.
—Lo prometo.
Mariana puso su manita encima.
—Yo también.
Nadie supo qué estaba prometiendo, pero todos entendieron que hablaba desde el corazón.
El viernes siguiente, Rodrigo llegó a la sala de juntas del Grupo Santillán creyendo que tomaría el control temporal de la empresa. Los consejeros ya estaban sentados. Algunos habían recibido llamadas suyas. Otros temían que Alejandro no pudiera seguir dirigiendo.
A las 9:05, las puertas se abrieron.
Alejandro entró caminando despacio, con Clara a un lado y 2 agentes federales detrás.
Rodrigo se puso de pie.
—Esto es una locura. Deberías estar en reposo.
—Reposo fue lo que hice durante 4 años —respondió Alejandro—. Y por mi silencio, mi esposa fue usada como fachada para robarle a la gente que quería ayudar.
La pantalla principal se encendió.
Primero aparecieron facturas. Luego transferencias. Después correos. Finalmente, el video de Valeria declarando ante una cámara casera.
Su voz llenó la sala.
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