—Pero así me hiciste sentir.
La frase cayó entre ellos con una verdad que no necesitaba gritos.
Diego se sentó en la silla junto a la cama.
—Entonces no te voy a pedir que me perdones hoy. Ni que me quieras otra vez. Ni que borres lo que hice. Solo te pido que no rechaces una oportunidad de vivir para castigarme.
Mariana bajó la mirada.
—¿Y si no funciona?
—Entonces estaré aquí.
—¿Y si funciona y después tú te cansas otra vez?
Diego sintió que esa pregunta era la verdadera enfermedad que él había dejado en ella: la desconfianza.
—No puedo exigirte que me creas —dijo—. Solo puedo quedarme el tiempo suficiente para que un día tal vez ya no tengas que preguntar.
Ella lloró en silencio.
Por primera vez, Diego no intentó arreglarlo con palabras. No le dijo “todo va a estar bien”. No prometió milagros. Solo se quedó sentado, acompañando el dolor que antes había abandonado.
Al día siguiente, Mariana aceptó iniciar el proceso.
La noticia corrió entre los pocos familiares. Doña Rebeca llamó 7 veces. Diego no contestó. La octava vez, ella le mandó un audio:
—Estás arruinando tu vida por una mujer que ni siquiera pudo darte hijos.
Diego reprodujo el audio frente a Mariana, Carlos y el doctor Salcedo.
Luego lo borró.
—Mi vida se arruinó el día que permití que hablaras de ella así —respondió por mensaje—. No vuelvas al hospital.
Mariana lo miró con lágrimas en los ojos.
—Antes necesitaba que dijeras eso.
—Lo sé.
—Ahora no sé qué hacer con eso.
—No tienes que hacer nada.
Los estudios avanzaron. Diego fue evaluado. Le explicaron riesgos, molestias, días de recuperación. Firmó cada documento sin dramatismo. No era un héroe. No quería que nadie lo llamara así. Solo era un hombre que había llegado tarde y aun así estaba decidido a no irse.
La recolección de células madre fue larga. Él pasó horas conectado a una máquina, viendo cómo su sangre salía por un tubo y regresaba por otro. Pensó en las noches que había desperdiciado lejos de casa. En los mensajes de Mariana que dejó sin responder. En los 2 bebés que nunca llegaron. En la mujer que ahora luchaba por respirar en una habitación fría.
Cuando terminó, no sintió orgullo.
Sintió humildad.
El trasplante se realizó una mañana nublada.
Mariana estaba débil. Llevaba cubrebocas y tenía los ojos más grandes que nunca. Diego entró con bata, guantes y una emoción que apenas podía sostener.
—¿Tienes miedo? —preguntó ella.
—Mucho.
Mariana soltó una risa pequeña.
—Por fin dices la verdad sin que te la arranquen.
Él sonrió con tristeza.
La bolsa con las células parecía demasiado pequeña para contener tanta esperanza. Una enfermera la conectó con cuidado. Nadie habló durante los primeros minutos.
Mariana miró el tubo.
—Qué ironía —susurró—. Te fuiste de mi vida por una firma y vuelves por una vena.
Diego cerró los ojos.
—Esta vez no me voy.
Ella no respondió.
Pero sus dedos buscaron los de él sobre la sábana.
Esa noche vino la fiebre.
Luego los vómitos.
Luego días en los que Mariana apenas despertaba.
Diego dormía en una silla. Comía cuando Carlos le llevaba tortas. Se bañaba en el baño de visitas. Aprendió a leer los gestos de los médicos, las alarmas de las máquinas, los silencios que no traían buenas noticias.
Una madrugada, Mariana abrió los ojos y lo encontró ahí.
—Soñé que me dejabas otra vez —murmuró.
Diego se inclinó.
—No.
—En el sueño, yo te llamaba y tú no volteabas.
Él tomó su mano.
—Ahora sí te escucho.
Mariana lo miró largo rato.
—No sé si eso alcanza.
—Yo tampoco.
—Pero ayuda —susurró ella.
El día 14, el doctor Salcedo entró con una expresión cautelosa.
—Hay señales de injerto.
Diego no entendió.
Mariana sí.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Está funcionando?
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