Fui al hospital a visitar a un amigo y terminé encontrando a mi exesposa en el área de hematología, sola, pálida y sin nadie que la acompañara.

Diego tragó saliva.

Quiso decir “porque te amo”. Pero sonaba tarde. Sonaba cómodo. Sonaba como una frase nacida del arrepentimiento.

—Porque no debiste estar aquí sola.

Mariana apartó la mirada.

Esa tarde le tomaron sangre.

Diego pasó las siguientes horas sentado junto a la cama de Mariana. Ella dormía a ratos. Despertaba con náusea. A veces lo miraba como si quisiera pedirle que se fuera. Otras, como si temiera que realmente lo hiciera.

Al anochecer, llegó doña Rebeca.

Diego no sabía cómo se había enterado. Entró al cuarto con bolso caro, lentes oscuros y una expresión de fastidio.

—Así que era verdad —dijo mirando a Mariana—. Siempre fuiste una desgracia para mi hijo.

Diego se levantó de golpe.

—Mamá, cállate.

Rebeca lo miró sorprendida.

—¿Ahora la defiendes? Cuando te divorciaste, dijiste que ya no podías cargar con una mujer rota.

Mariana cerró los ojos.

Diego sintió que la sangre le ardía.

—Sal de aquí.

—Diego…

—Sal antes de que llame a seguridad.

La señora apretó la mandíbula, pero salió lanzando una última mirada venenosa.

Mariana no dijo nada durante varios minutos.

Luego susurró:

—Eso era lo que yo escuchaba cuando tú no estabas.

Diego se sentó lentamente, destruido.

—Perdóname.

—No sé si puedo.

Antes de que él respondiera, su teléfono vibró.

Era el doctor Salcedo.

—Señor Ramírez, ya tenemos un resultado preliminar de compatibilidad.

Diego se puso de pie.

—¿Y?

El silencio del otro lado duró apenas 2 segundos, pero pareció eterno.

—Es muy raro —dijo el doctor—, pero usted podría ser compatible.

Mariana lo escuchó desde la cama.

Y en lugar de sonreír, empezó a llorar.

 

—No voy a aceptar —dijo Mariana.

Diego creyó haber escuchado mal.

El doctor Salcedo acababa de explicar que las pruebas preliminares mostraban una compatibilidad inesperadamente alta. No era definitivo. Faltaban estudios. Había riesgos. Había procedimientos largos, dolorosos, inciertos. Pero por primera vez desde que Mariana había iniciado tratamiento, existía una posibilidad real.

Y ella acababa de rechazarla.

—Mariana, podría salvarte la vida —dijo Diego.

Ella estaba sentada en la cama, envuelta en una chamarra de algodón que él le había comprado en la tienda del hospital. Tenía los labios secos, el rostro pálido y los ojos llenos de una tristeza furiosa.

—No quiero vivir con tu culpa metida en mi sangre.

Diego se quedó inmóvil.

El doctor, con prudencia, salió para darles espacio.

La puerta se cerró.

Mariana respiró hondo, como si hablar le costara.

—Tú no estás haciendo esto por mí. Estás haciendo esto porque al fin viste lo que dejaste atrás.

—Eso no es verdad.

—¿No? —preguntó ella—. ¿Dónde estaba este Diego cuando yo lloraba en el baño después de la segunda pérdida? ¿Dónde estaba este Diego cuando tu mamá me dijo que una mujer que no puede ser madre no sirve para formar familia? ¿Dónde estaba este Diego cuando yo me desmayé en la cocina y tú dijiste que seguro era estrés?

Él cerró los ojos.

Cada pregunta era una escena. Cada escena, una culpa con nombre.

—Estaba siendo cobarde —admitió.

Mariana se quedó callada.

—No tengo otra respuesta —continuó él—. Me daba miedo el dolor. Me daba miedo verte rota porque no sabía cómo sostenerte. Entonces hice lo más fácil: fingí que no pasaba nada. Y cuando ya no pude fingir, me fui.

Mariana apretó la sábana.

—Yo también tuve miedo.

Su voz cambió. Ya no era rabia. Era cansancio.

—Tenía miedo de decirte que estaba enferma y verte quedarte por obligación. Tenía miedo de que me cuidaras con lástima. Tenía miedo de convertirme en otra carga más para ti.

Diego se acercó, pero no la tocó.

—Nunca fuiste una carga.

Ella lo miró.

 

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