El doctor miró a Mariana, pidiendo permiso sin decirlo.
Ella habló primero.
—Desde antes del divorcio.
Diego giró hacia ella.
—¿Tú ya sabías?
Mariana no lo miró.
—Tenía sospechas. Me salían moretones. Me daban fiebres. Me cansaba por subir las escaleras. Después de la segunda pérdida, los doctores me pidieron más estudios.
Diego recordó aquella carpeta.
La carpeta que ella llevaba la noche que salió del departamento.
La carpeta que él vio, pero no preguntó.
—¿Por qué no me dijiste?
Mariana soltó una risa pequeña, sin alegría.
—¿Para qué? Ya estabas buscando la salida.
—Eso no es justo.
Ahora sí lo miró.
Sus ojos, aunque cansados, tenían una dureza nueva.
—¿Justo fue escuchar a tu mamá decir que yo era una mujer incompleta? ¿Justo fue verte sentado en la sala mientras ella me llamaba estéril? ¿Justo fue perder 2 bebés y luego perderte a ti porque te daba miedo verme llorar?
Diego bajó la cabeza.
No hubo defensa posible.
Durante meses, él había pensado que Mariana se hundía en tristeza para castigarlo. Nunca pensó que su cuerpo también estaba librando una guerra.
El doctor continuó con cuidado.
—Necesitamos considerar un trasplante de médula ósea si no mejora. Lo ideal sería buscar un donador compatible.
—¿Familia? —preguntó Diego.
Mariana apretó los dedos.
—Mi papá murió hace años. Mi mamá vive en Puebla y está enferma del corazón. No tengo hermanos.
Diego sintió un golpe en el pecho.
Había estado casado con una mujer prácticamente sola y aun así la había dejado más sola.
—Prueben conmigo —dijo.
Mariana volteó de inmediato.
—No.
—Sí.
—No somos familia.
—Eso no significa que sea imposible.
—Diego, no conviertas mi enfermedad en tu penitencia.
La frase lo dejó helado.
El doctor intervino.
—La probabilidad es baja, pero se puede hacer una prueba. También se activará el registro nacional. No podemos prometer nada.
—Hágamela —insistió Diego.
Mariana lo miró con miedo, no con gratitud.
—¿Por qué haces esto?
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