Don Arturo no durmió esa noche. Leyó la carta de Inés 3 veces, cada una con más vergüenza que la anterior. En esas páginas no solo estaba la gratitud hacia Rosa Morales, la mujer que había sacado a Inés de un auto incendiado en la carretera México-Cuernavaca. También estaba el nombre de un hombre que Arturo había enterrado sin mancharse las manos: Fernando Rivas.
A la mañana siguiente, Daniela lo encontró en la biblioteca, pálido, con la foto sobre las piernas.
—¿Está enfermo?
—Desde hace muchos años —respondió él—. Pero apenas anoche me di cuenta.
Daniela vio la fotografía y se llevó una mano al pecho.
—Esa es mi mamá.
—Sí.
—¿Por qué tenía su esposa una foto de ella?
Don Arturo le entregó la carta.
Daniela no quiso tomarla al principio. Había vivido demasiado tiempo desconfiando de los regalos de los ricos. Pero algo en la expresión del viejo no era lástima. Era culpa.
Leyó en silencio.
La carta contaba que Rosa, embarazada y sola, había presenciado el accidente de Inés en 1994. Mientras otros miraban desde lejos por miedo a la explosión, Rosa rompió el vidrio con una piedra, se cortó las manos y arrastró a Inés hasta la orilla. Después la acompañó al hospital durante 2 días, rechazó dinero y solo pidió una promesa:
—Si algún día mi hija necesita misericordia, acuérdate de que yo no cobré por salvarte.
Daniela lloró sin hacer ruido.
—Mi mamá nunca me contó eso.
—Las personas decentes no usan su bondad como recibo —dijo Arturo.
Pero la carta continuaba.
Rosa trabajaba entonces en una clínica financiada por Grupo Santillán. Allí conoció a Fernando Rivas, un contador honesto que descubrió desvíos millonarios firmados por un directivo ambicioso: Víctor Salgado, mano derecha de Arturo.
Fernando reunió pruebas. Rosa lo ayudó a esconder copias. Pero antes de que pudieran denunciar, Víctor los acusó de fraude. Arturo, ocupado cerrando un proyecto en Monterrey, firmó el despido sin investigar.
Fernando fue señalado como ladrón. Rosa perdió su empleo. Nadie los contrató de nuevo.
Daniela levantó la vista con los labios temblando.
—Fernando Rivas era mi padre.
Don Arturo cerró los ojos.
—No lo sabía.
—Claro que no —dijo ella, y por primera vez su voz se rompió de rabia—. Los hombres como usted nunca saben a quién aplastan. Solo firman.
El golpe fue merecido.
Daniela leyó el último párrafo de Inés en voz alta:
“Arturo, nuestra fortuna no está limpia solo porque los pisos brillen. Si algún día la hija de Rosa se para frente a ti, no le ofrezcas caridad. Ofrécele verdad. Y si aún te queda valor, ofrece reparación.”
Daniela dejó la carta sobre la mesa.
—Mi madre murió trabajando hasta enfermarse. Mi padre desapareció avergonzado. Yo crecí escuchando que venía de una familia marcada por el robo. ¿Y todo fue mentira?
—Sí —dijo Arturo con voz baja—. Y yo ayudé a que esa mentira viviera.
La puerta de la biblioteca se abrió de golpe.
Humberto y Patricia entraron sin tocar. Habían escuchado lo suficiente.
—Tío, esto es ridículo —dijo Humberto—. Esa mujer te está manipulando.
Patricia miró la foto con desprecio.
—Una enfermera aparece con 2 niños y de pronto resulta que su familia tiene relación con la nuestra. Qué conveniente.
Daniela se puso de pie.
—Mi familia no tiene relación con la suya. Tiene heridas causadas por ella.
Humberto soltó una risa.
—Cuidado con lo que dices. Puedes perder este trabajo en 5 minutos.
Don Arturo golpeó el bastón contra el piso.
—Ella no se va.
—Entonces llamaremos al médico familiar —dijo Patricia—. Esto prueba que ya no estás en condiciones de tomar decisiones.
El viejo los miró como si finalmente los viera completos.
—No vienen a cuidarme. Vienen a vigilar mi testamento.
Humberto sonrió con frialdad.
—Alguien tiene que proteger el patrimonio de la familia.
—¿La familia? —preguntó Arturo—. ¿O los buitres?
Esa tarde, los sobrinos salieron furiosos. Daniela quiso irse también. No soportaba respirar bajo el techo de un hombre que, aunque arrepentido, formaba parte de la ruina de sus padres.
Empacó la maleta. Santiago metió sus libros en la bolsa. Sofía lloró.
Cuando llegaron al recibidor, don Arturo apareció con un expediente en la mano.
—No te estoy pidiendo que me perdones —dijo—. Te estoy pidiendo que te quedes 24 horas. Solo 24.
—¿Para qué?
Él abrió el expediente.
—Porque Inés no solo dejó una carta. Dejó una cinta con la voz de Víctor Salgado confesando cómo destruyó a tu padre.
Daniela sintió que el piso desaparecía.
—¿Dónde está?
Don Arturo miró hacia la ventana, donde los faros de una camioneta negra acababan de detenerse frente a la mansión.
—Eso es lo que tus enemigos también vinieron a buscar…
PARTE 3
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